viernes, 30 de marzo de 2012

clockwork bomb

-Oh, vamos, ¿qué cable te dijo que había que cortar?
-No lo recuerdo bien -sudaba-, juraría que el rojo o el azul.
-¿¡Pero cómo eres tan idiota!?
Seguía sudando y temblando, intentando recordar. ¿Rojo? ¿Azul?
-¡¡Vamos!! -chillaba, incrementando la confusión y el nerviosismo del que sujetaba el explosivo-. ¡¡Hazlo ya!!


Y es que tengo una bomba de artillería dentro de mí a punto de estallar.

viernes, 20 de enero de 2012

Tarde a la comba

-¿Qué te apetece hacer?
Miro a los coches lentos de la Gran Vía. Miro las tiendas repletas y los bares llenos. Miro, por último, los edificios -como si la respuesta estuviera escrita en alguna de esas partes-, y después me giro y te miro a ti. No sé qué contestar a eso. ¿Será que estoy nerviosa, que me quedo en blanco, que me da vergüenza? Aunque está nublado, tú, como siempre, sonríes. Como siempre. Supongo que, después de todo, ésa es la verdadera razón por la que sigo junto a ti, porque tú siempre sonríes.
Sigo sin saber qué contestar, pero tú ya has cogido mi mano y has echado a andar hacia algún lugar que pronto descubriré (y pensar en lo sencillo que parecía cuando éramos niños: Te invito. ¿A qué? A un café. ¿A qué hora? A las tres).

viernes, 4 de noviembre de 2011

Poemas de cristal

-Gírate hacia la ventana y dime qué ves.
-¿Que qué veo?
-Sí, cuéntame qué ves.
-Pues... veo unos niños jugando, y un edificio -respondió el muchacho, inseguro.
-¿Qué más?
-El cielo, un colegio, unos pájaros.
-¿Veis? Cuando hago esta pregunta siempre empiezan a describirme lo que hay fuera, sin darse cuenta de que lo que realmente están viendo es un cristal.
En la clase se hizo el silencio.
- La transparencia de las palabras es como la de un cristal. Nunca nos fijamos en ellas, sin darnos cuenta miramos más allá. Los poetas tratan llamar la atención sobre ese cristal. Lo pintan de colores, lo empapan en perfumes y poco a poco lo derriten al ritmo de la música.

sábado, 29 de octubre de 2011

Juventud añeja

Cuando tenía dieciséis años era rebelde. Se pintaba la raya negra hasta la oreja y cogía las botas con más tacón que encontraba. Sólo quería provocar, que sus padres le dijeran que no se pusiera minifalda, que los chicos no pudieran evitar seguir el rastro de carmín que sus labios dejaban. No se casó, nunca se comprometió, su vida era un vaivén de desenfrenos y luces de neón. Sólo quería destacar, que sus padres le dijeran que no llegara a las cinco de la madrugada, beber alcohol para parecer mayor y demostrar que conocía los bordados de todas las sábanas de Madrid. Era la reina de las discotecas, la moradora de esquinas, el despertador del alba, porque a sus veinticinco años ella todavía era una joven rebelde.

Ahora tiene cuarenta, y llega a casa a las once de la noche porque no ha encontrado nadie para que la acompañe a la cama. Coge una botella de whisky, no tiene ganas de nada, su rostro surcado está negro a causa de la pintura corrida, y se escabulle entre las sábanas sin quitarse el pintalabios rojo, las botas ni la minifalda.